Hay cosas que dicen de vos que te las escupen en la cara con impunidad. Lo peor es cuando te las dicen como si fueran un elogio.

Hace años empezaron con sos tan fuerte, sos tan valiente… pero por que no te vas un poquito a la mierda?. Ser fuerte, sobrevivir ciertas situaciones no es una elección. Si estás parada en medio de la vía y el tren viene de frente, correrte no es un mérito. No hay logro en seguir respirando. Es un reflejo.

Pero es mejor, es más tranquilizador. Si sos fuerte, si sos valiente no necesitás un abrazo, lo das.

Después siguieron con la inteligencia. Me encanta hablar con vos, me abrís la cabeza. Hasta me vomitaron un “estoy fascinado con tu intelecto”… hay mujeres a las que la naturaleza les dio un cuerpo increíble, yo heredé una biblioteca.

Cambio obras completas de Borges por 10 cm de piernas

Tenía que trasplantarla, era grande, sola no podía. A él le encantaba cumplir el papel del hombre que hace, entonces, sábado a la mañana, mate, balcón, palita, bolsa de tierra nueva, maceta más grande. Todo listo, todo preparado.

A la semana siguiente, sola ya pero todavía con él, planté unas semillitas de morrón. Mi costado hippie que sigue latiendo en algún lado sueña con su mini huerta en el monoambiente de la mega urbe.

Ayer repasé mi acerbo botánico.

El morrón broto, la trasplantada se está secando.

No es sano ver toda tu vida en clave simbólica

Escena de supermercado:

Ella, ay gooor, hay pan dulce. Él, …

Ella, amoor, qué vamos hacer para navidad??. Él, ….

Ella, qué? Con tus otras novias no festejabas navidad?

Salgo con mi mochila provista de los elementos fundamentales para pasar la noche de martes que pasaba con él. A saber: un vino, un rico queso y el pan multicereal Light para contrarrestar (ficticiamente, me permito mentirme un rato) las calorías etílicas.

Empiezo a caminar y me agarran unas ganas terribles de volver a entrar y abrazarlo, solidarizándome, sabiendo lo feo que es escuchar del otro ese tipo de proyectos huecos, abrazarlo fuerte y decirle al oído: Jodete.

Ayer fui a la verdulería

Tres tomates, dos zapallitos, un morrón rojo.

Mandale un beso a tu chico, me dice mientras me da el vuelto; no, ya no hay chico, le digo yo mientras guardo las monedas y pienso como voy a hacer para viajar a la mañana.

Me mira, me abraza y me dice, que mierda, mientras se seca las lágrimas.

Irme de la verdulería después de consolar al verdulero prometiéndole que ya voy a conocer a alguien que me quiera es lo más extraño de esta soledad.

Y él me llama, me dice que no esté mal, y una vez más vuelve a enumerar mis múltiples virtudes… y me dice que me quiere cuidar, porque me quiere, que no merezco estar así, porque me quiere, que me admira, que tengo que valorarme como él me valora, porque me quiere, y una vez más todo termina con ese tan conocido “pero no”. Pero no me quiere como él quiere querer, que eso no alcanza, que no es suficiente.

Y una vez más ese pero no vuelve a ser los pero no anteriores, los ya vividos, los ya olvidados

Y vuelve la certeza de que quizás no vale la pena buscar el si, la certeza de que la duda está instalada, que me ya se me hizo carne.

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